Saramago y las palabras

En la novela de José Saramago El hombre duplicado, el protagonista, Tertuliano Máximo Afonso, asegura: “Hay cosas que nunca se podrán explicar con palabras.” Ante semejante afirmación el propio narrador del texto lo contradice, desarrollando la siguiente reflexión:

el hombre duplicado

No es exactamente así. Hubo un tiempo en que las palabras eran tan pocas que ni siquiera las teníamos para expresar algo tan simple como Esta boca es mía, o Esa boca es tuya, y mucho menos para preguntar Por qué tenemos las bocas juntas. A las personas de ahora ni les pasa por la cabeza el trabajo que costó crear estos vocablos, en primer lugar, y quién sabe si no habrá sido, de todo, lo más difícil, fue necesario comprender que se necesitaban, después, hubo que llegar a un consenso sobre el significado de sus efectos inmediatos, y finalmente, tarea que nunca acabará de completarse, imaginar las consecuencias que podrían advenir, a medio y a largo plazo, de los dichos efectos y de los dichos vocablos. Comparado con esto, y al sentido común afirmó ayer noche, la invención de la rueda fue mera bambarria, como acabaría siéndolo el descubrimiento de la ley de la gravitación universal simplemente porque se le ocurrió a una manzana caer sobre la cabeza de Newton. La rueda se inventó y ahí sigue inventada para siempre jamás, en cuanto las palabras, esas y todas las demás, vinieron al mundo con un destino brumoso, difuso, el de ser organizaciones fonéticas y morfológicas de carácter eminentemente provisional, aunque, gracias, quizá, a la aureola heredada de su auroral creación, se empeñan en pasar, no tanto por sí mismas, sino por lo que de modo variable van significando y representando, por inmortales, imperecederas o eternas, según los gustos el clasificador. Esta tendencia congénita a la que no sabrían ni podrían resistirse, se tornó, con el transcurrir del tiempo, en gravísimo y tal vez insoluble problema de comunicación, ya sea la colectiva de todos, ya sea la particular de tú a tú, cómo se ha podido confundir galgos con podencos, ovillos y madejas, usurpando las palabras el lugar de aquello que antes, mejor o peor, pretendían expresar, lo que acabó resultando, finalmente, te conozco mascarita, esta atronadora algazara de latas vacías, este cortejo carnavalesco de latones con rótulo pero sin nada dentro, o solo, ya desvaneciéndose, el perfume evocador de los alimentos para el cuerpo y para el espíritu que algún día contuvieron y guardaban.”

Puedes leer éste y otros textos de José Saramago en la biblioteca de Añaza, que lleva su nombre.

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Saramago y la fiesta de los libros

saramago

En abil de 2002, José Saramago autorizaba en una carta el uso de su nombre para la biblioteca de Añaza. En ella, el autor portugués afincado en Lanzarote, recuerda el papel fundamental que jugó  la biblioteca en su infancia, en su formación y vocación:

“…el escritor cuyo nombre hoy se solicita para titular una biblioteca, nació en una casa pobre, tan pobre que los padres no se podían permitir el lujo de comprar libros para que el hijo saciara su curiosidad, de modo que no tuvo más remedio que descubrir ese lugar maravilloso de nombre un poco difícil (biblioteca, para un niño plantea cierta dificultad de pronunciación), donde nos esperan a todos, grandes y pequeños, pobres y ricos, los objetos que guardan el saber y los sueños, las inquietudes y las reflexiones de quienes han tenido la oportunidad de expresarse por escrito.”

El autor de Todos los nombres, El  hombre duplicado y La caverna, entre otras muchas obras, afirmaba en su carta que “Los libros que vamos leyendo nos van formando a la vez que nosotros, con nuestras lecturas sucesivas, los vamos dotando de nueva vida, de ahí que siempre piense que las bibliotecas sean los lugares donde se concentra el mayor pulso vital de nuestra sociedad”.

Cierra su misiva transmitiendo sus mejores deseos a y esperando “que algún día podamos encontrarnos y celebrar juntos la fiesta de los libros”